
Un pintoresco título para una pintoresca película. El primer largometraje de Carlos Osuna es una pequeña y sencilla historia que se ve amplificada por los métodos usados para contarla: en quizás el primer intento de un filme colombiano en usar extensivamente la rotoscopia—dibujo cuadro a cuadro sobre una grabación con actores reales—Osuna mezcla la simpleza visual de sus trazos con lo extraño de sus entornos y una música juguetona para traer a la vida un universo de personajes que adquieren vida propia alrededor de Antonio Farfán, un funcionario de una notaría que no está satisfecho con su vida. Sigue leyendo






