Goodbye to Language (2014): Reseña

Después de 60 años de carrera, es poco lo que le queda a Jean-Luc Godard por probar. Y, sin embargo, a sus 84 años, la leyenda del cine francés demuestra que sigue siendo tan visionario como lo ha sido durante toda su carrera, y que en vez de aplacarse se ha vuelto cada vez más reaccionario y violentamente desprendido del mundo.

En “Goodbye to Language”, Godard se empuja un poco más, y nos entrega una película paradójica donde, en tan sólo 70 minutos, se intercalan imágenes, diálogos y sonidos aparentemente aleatorios pero unidos por sus preocupaciones más profundas.

El título alude a una reflexión que se esparce durante el largometraje, pero que va tomando forma poco a poco: los seres humanos no podemos pensar libremente porque para expresar nuestro pensamiento necesitamos el lenguaje, y para que haya lenguaje tiene que haber, necesariamente, un otro, y cuando hay un otro se restringe nuestra libertad.

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Godard cree haber encontrado aquí una estructura básica de la comunicación humana: alguien habla—se convierte en el sujeto—y alguien escucha—se convierte en el objeto—. Y es esta única dicotomía la que se repite a lo largo del tiempo y el espacio, y en distintas escalas: entre personas, entre familias, entre países, entre sociedades.

Desde esta forma básica, el lenguaje se constituye como una forma de dominación. “La experiencia interior está prohibida por la sociedad en general y el espectáculo en particular”, dice. Y no sólo se refiere el lenguaje verbal sino también otros tipos de lenguaje, sobre todo el audiovisual. Y aquí está la paradoja en el corazón de “Goodbye to Language”, el director tiene en sus manos la cámara, la definidora de la “verdad”, y es quien elije lo que nos muestra y lo que no.

Godard reconoce y enfrenta esta paradoja subvirtiendo el lenguaje cinematográfico que estamos acostumbrados a esperar encontrar, con cortes abruptos de sonidos e imágenes, colores saturados, tomas fuera de lo común donde se corta a los personajes, e incluso una imagen de la sombra de su cámara agrandada proyectándose en el suelo, que recuerda a un Michael Haneke que aterroriza a sus propios personajes en “Caché” (2005).

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Para pensar libremente, es necesario decir adiós al lenguaje, como en la naturaleza. Es por eso que los animales sí pueden ser en verdad libres, y es por eso que pasamos casi la mitad del largometraje siguiendo a un perro por el bosque, en el agua, hasta que una persona le ordena alejarse. La naturaleza se pone en contraposición a la metáfora, indispensable en los humanos para entender el mundo.

Godard dice adiós, efectivamente, a las convenciones del lenguaje cinematográfico, pero al mismo tiempo se ve atrapado y mortificado en él, no puede decirle adiós al lenguaje y a las metáforas porque es la única forma que tiene para comunicarse. En este sentido, el trabajo de Godard es el epítome de la postmodernidad en el cine y se confirma como un nuevo tipo de filósofo, uno hecho para nuestra era.

Calificación: 7.5/10

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