Les Combattants (2014): Reseña

(Esta reseña de Juan Álvarez se publica también en la Revista El Parcero, donde pueden encontrar toda la crítica cultural que necesitan para su vida cotidiana)

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El facilismo y la banalidad de la traducción de su título dan la imagen equivocada. Aunque en la película efectivamente hay un “amor a primera vista”, lo que pasa en ella, lo que nos muestra y lo que nos hace sentir va mucho, muchísimo más allá. Más ilustrativa habría sido una traducción literal de su título: “Los combatientes”. Porque enamorarse es ineludiblemente una confrontación, un acto de guerra, primero con uno mismo y luego con otro individuo. Pero también porque esta película no se trata sólo de dos jóvenes que se enamoran. Se trata de un grupo de personas que echa mano de un espíritu combativo incansable, para conquistar un amor, para salir adelante ante la tragedia, para sortear una crisis económica que reclama la resiliencia y la resistencia de una generación.

La cinta empieza con la construcción de un ataúd: escoger la madera adecuada, cortarla, darle forma, lijarla, pintarla, barnizarla. Trabajar con las manos, con conciencia. Hacerlo bien. Arnaud y su hermano recién se han quedado huérfanos de padre, y ahora deben ponerse al frente del negocio familiar: una carpintería. Arnaud (Kévin Asaïs) podría dedicar su verano a nadar, a hacer barbacoas en la playa y a pasarla bien con sus amigos, pero a cambio decide ponerse los guantes y trabajar con la madera. Entre todo esto conoce a Madeleine (Adèle Haenel), una magíster en Macroeconomía que se está preparando para entrar en el ejército francés. Arnaud es tranquilo y sosegado; Madeleine es agresiva, primitiva, muscular. Cuando Arnaud le pregunta a Madeleine para qué realmente se prepara, ella le responde que para el fin. ¿El fin de qué? De todo. Aunque en apariencia la joven simplemente sea una paranoica del apocalipsis, Arnaud, cautivado, decide seguirla al campamento de entrenamiento militar. En las milicias deberán enfrentarse a la disciplina castrense y al trabajo en equipo, pero cuando ambos se escapan y terminan viviendo en la naturaleza, deberán encontrar la manera de hacer algo más difícil. Deberán aprender a sobrevivir.

Alguien dijo alguna vez que una buena historia es siempre dos historias, lo que no debe ser cierto todo el tiempo, pero aplica particularmente bien para esta película —que ganó en Cannes la “Quincena de realizadores” de 2014—. Por una parte está la historia en primer plano: la de un joven y su rito de paso a la madurez; la de un muchacho persiguiendo a un amor delirante que sabe golpearlo y dejarlo tirado en la arena; la de dos chicos perdidos en la naturaleza jugando a enamorarse, sobrevivir y ser adultos (como en Moonrise Kingdom, ese filme encantador de Wes Anderson). Y por otra parte está la historia del fondo, para la que tenemos que situarnos en la actual crisis económica de Europa. Ya saben, gente perdiendo sus trabajos, poquísimas oportunidades de empleo para los jóvenes, chicos obligados a irse de sus países para probar suerte en otras partes. Es un periodo de coyuntura que le ha causado un estrés poco familiar a la generación de jóvenes europeos que ahora está finalizando sus estudios: hay que sobrevivir a toda costa o echarse a morir en el sofá. En Les combattants esta sensación de crisis está sutilmente espolvoreada a lo largo de la película; no tanto como para hacerlo obvio, pero sí lo suficiente como para que no resulte gratuito: por ejemplo, en la paranoia apocalíptica de Madeleine (casualmente una macroeconomista) o en que uno de los amigos de Arnaud se vaya a probar suerte a Canadá (porque qué sentido tiene quedarse, si “Francia está muerta”). Al final el combate del amor, la vida militar y la supervivencia en lo salvaje, y todo el delirio apocalíptico, hacen una bonita alegoría de cómo sobrevivir a una crisis (económica y en general): a veces la mejor forma de sobrevivir es aprender a vivir; aprender a relajarse y a enterrar ramitas en la arena, como muestra una escena de la película. A veces las crisis son necesarias, como un bosque que se incendia con el único propósito de renacer de sus cenizas más fuerte que antes.

Pero la belleza de esta comedia no está solamente en su trama. La química entre Asaïs y Haenel en su interpretación de los protagónicos se gana una porción gorda de la simpatía de la audiencia. También merece mención la fotografía detallada: escenas que por absurdas o delicadas hacen que la película valga la pena aun si no nos involucráramos emocionalmente en la historia de amor y de la crisis: Madeleine pateando una bandera francesa que cae al piso con un sonido metálico; una sardina haciéndose picadillo en una licuadora; unos pollitos congelados dando vueltas en un microondas; los dos jóvenes gritándole a un tren que pasa a toda velocidad o ambos sentados al atardecer a contraluz del sol.

Al final, Les combattants lo hace bien. Lo hace con las manos, con conciencia: escoge, corta, da forma, lija, pinta, barniza. Parece salir victoriosa sin importar qué lectura escojamos hacer de ella.

Calificación: 8.5/10

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