Gett: The Trial of Viviane Amsalem (2014): Reseña

La primera escena de “Gett: The Trial of Viviane Amsalem” es diciente. Estamos dentro de un pequeño salón casi claustrofóbico, con un tribunal de tres rabinos en un estrado alto. En frente de ellos, el abogado de una mujer explica la aparentemente sencilla situación: ella quiere el divorcio, él no se lo quiere otorgar. Vemos a los rabinos, al esposo, a los abogados hablando, pero no la vemos a ella. Vemos todo, eso sí, a través de sus ojos. Ella los ve a todos pero nadie la ve a ella.

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Esa es la gran paradoja de “Gett” y la denuncia que hacen los hermanos israelíes Ronit y Shlomi Elkabetz: en su país, a las mujeres no se les permite ser protagonistas de sus propias vidas. Esto se ve particularmente en el caso de los matrimonios más ortodoxos, donde una mujer no puede divorciarse hasta obtener el consentimiento de su esposo, un consentimiento que ni siquiera una corte le puede obligar a otorgar.

En “Gett”, la perjudicada es Viviane Amsalem, una mujer que quiere divorciarse por razones que, para el resto de la sociedad, son insuficientes: él no le ha pegado, no ha cometido adulterio, no ha sido un mal judío; ella, simplemente, está cansada. Y así vemos cómo, semana tras semana y mes tras mes, la pareja es citada en la corte, un recinto cerrado donde Viviane, por el hecho de ser mujer, empieza perdiendo. Y entran y salen testigos–familiares, amigos, vecinos–que no hacen más que complicar todo el asunto.

Quizás el prospecto de una película que sucede, casi toda, dentro de un cuarto a puerta cerrada, no suene muy llamativo. Pero los hermanos Elkabetz han hecho magia con una historia muy sencilla. Cada escena empieza con un título que indica el paso del tiempo, 3 días, 2 semanas, 3 meses, hasta que no sabemos cuántos años hemos acumulado.

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Las escenas, no obstante, no se suceden como episodios separados narrativa y emocionalmente: los directores, en cambio, le imprimen a toda la película un dinamismo continuo digno de los mejores thrillers, ayudados por dos acertadas decisiones: filmar siempre desde el punto de vista de alguno de los personajes y no revelar de entrada la naturaleza del matrimonio que vemos desmoronarse, sino ir develando poco a poco todas sus intrincaciones, a partir de palabras, miradas y reacciones.

La historia puede tornarse repetitiva en partes, más hacia el final, cuando ya todas las cartas parecen estar sobre la mesa, pero esto es también intencional y nos ubica dentro de esa especie de eterno retorno en el que está atrapada nuestra protagonista.

La última escena de “Gett” es tan diciente como la primera, y estaremos satisfechos de no haber abandonado a Viviane durante su calvario.

Calificación: 9/10

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