Waves ’98 (2015): Reseña

Abrilanimadofinal

Durante la Guerra Civil Libanesa, que se extendió por 15 años desde 1975, la ciudad de Beirut fue dividida por una línea (la “línea verde”), evidencia de la intensificación de las tensiones entre una Beirut del Este mayormente cristiana y una Beirut del Oeste principalmente musulmana. En “Waves 98”, el director Ely Dagher mezcla autobiografía y fantasía para dar una imagen no sólo del Beirut post-guerra de 1998, sino del paso del tiempo y del peso del pasado en el presente.

En el cortometraje ganador de la Palma de Oro en el festival de Cannes de 2015, un joven libanés cansado de escuchar día tras día las mismas noticias deprimentes pasa sus días en una terraza en los suburbios de Beirut mirando a la ciudad, pálida y monótona. Tras ver un destello de luz en la lejanía, el joven decide acercarse, adentrándose en las entrañas de un elefante dorado donde encuentra un mundo juvenil en un trance idílico del que es expulsado abruptamente.

Waves 98

A pesar de durar sólo 15 minutos, en “Waves 98” se siente, constantemente, el paso del tiempo. Y el tiempo no es circular, sino plano. El hombre mayor que aparece al principio y al final de la historia, quejándose de los mismos males que nuestro protagonista, ¿es él mismo? ¿Nada ha cambiado en tantos años? La historia no se repite, simplemente nunca cambia.

La monotonía del día a día en las primeras escenas—¿cuántos días pasan? ¿dos? ¿cien?—es un reflejo de la inercia de las sociedades y la lentitud del cambio social. Las barreras físicas, como la línea verde, pueden desaparecer en cuestión de horas, pero las barreras mentales son más difíciles de destruir que de construir. Y así, un espacio que oficialmente no está segregado lo continúa estando por esas barreras invisibles que persisten y que se transmiten casi como genes de una generación a otra.

¿Podemos liberarnos de esos lastres del pasado? ¿Puede escapar la nueva generación a los errores y las consecuencias de las acciones de las generaciones anteriores? El ideal juvenil, libre, incluyente, colorido e imaginativo, representado en el cortometraje por el mundo dentro del elefante dorado, existe en contraste con la realidad gris, amarilla y empírica del exterior. Esta distinción entre idilio y realidad, evidente en los colores de cada escenario, se ve reforzada por una decisión estética: la de combinar imágenes reales con animación. Ningún escenario, sin embargo, es completamente real, ni completamente animado.

Por unos breves minutos, el protagonista y los jóvenes que lo rodean parecen existir en otro mundo, un mundo de posibilidades, el futuro moldeable, en sus manos, una promesa que también es repetida generación tras generación. Pero una promesa vacía, al fin y al cabo. La nueva generación no tiene todo en sus manos, ni puede hacer lo que quiera con el presente. El pasado llegará reptando a recordarle al protagonista quién es y de dónde viene, y que es inútil ignorarlo, por más azaroso que sea. Pero el pasado no es una sentencia. El elefante estará siempre allí, en el aire, flotando.

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