Siembra (2015): Reseña

Siembra feature

Dos de las escenas más impactantes de “Siembra” están construidas de la misma manera. En la primera, Yosner baila sobre un fondo negro. La música urbana es reemplazada para nuestros oídos por música incidental que nos pide que nos enfoquemos en el personaje, en sus movimientos y en sus expresiones. En la segunda, la cara de Turco invade la pantalla sobre un fondo blanco. Lo escuchamos, por primera vez, cantar con dolor. En ambas escenas, la cámara mira a los personajes desde abajo. El fondo negro y el fondo blanco los liberan de especificidades geográficas y de constricciones locales, y aparecen como visiones angelicales.

Lo que hacen estas dos escenas, y lo que hace “Siembra” es dignificar a ambos personajes. Turco y Yosner, padre e hijo. Ambos han llegado a la ciudad de Cali desde la población rural de Timbiquí (Cauca), empujados por el desplazamiento forzado, y viven juntos en una comunidad que ha sufrido el mismo destino. Mientras Turco pasa sus días buscando la manera de regresar a su tierra y vivir de ella, Yosner participa en competencias de baile callejeras. Un evento trágico marcará el curso de la historia.

Atrapado entre un pasado que se niega a perder y un futuro incierto, Turco es un personaje con un presente ambiguo, sin lograr arraigarse a una nueva realidad que insiste en quitarle la esperanza de escapar. Al salir de una iglesia, Turco es rodeado por un grupo de “diablitos”, una comparsa de niños enmascarados. Turco está en el limbo.

La situación de Turco recuerda la idea de liminalidad, desligado por fuerza de un territorio y sin lograr intregarse a otro. “Las entidades liminales no están ni aquí ni allá”, decía el antropólogo Victor Turner, pero es precisamente ese estado del ser el que permite que emerja la “communitas”, un vínculo social natural liberado de estructuras. En el caso de Turco, este sentimiento surge a través de ritos compartidos con su comunidad y a través del arte, y lo ayudarán a sembrarse, así sea de una manera imperfecta, en su nueva tierra.

Siembra reseñaEl arte, como muestra “Siembra”, es crucial en este proceso. El arte se convierte en la manera en que la comunidad lidia con su situación y transgrede su liminalidad. No sólo aparecen Yosner y Turco, como ángeles, bailando y cantando. Hay un hombre al que le brota la poesía y una mujer que escupe versos en momentos inesperados.

Estos testimonios aparecen de una manera documental, y por momentos el personaje de Turco se convierte en un sustituto de los espectadores, para que seamos testigos de lo que nos quieren contar estas personas. En otros momentos, Turco se convierte más en un símbolo del desplazamiento interno que en un personaje completo y humano. Este espacio, también liminal, en el que se encuentra la película, entre ficción y documental, le resta autenticidad a la historia y disminuye el impacto del viaje emocional del personaje.

A pesar de esto, hay algunas pinceladas de inspiración visual de los directores (Ángela Osorio y Santiago Lozano). Una primera escena memorable con un primer plano de un pecho bailando música urbana parece prepararnos para un ritmo de la narración que nunca llega. Como ópera prima, “Siembra” es una película que tiene muy buenas intenciones, pero que funciona por partes. Estaremos atentos al futuro de estos dos directores.

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