La ciudad perdida (Francisco Hervé, 2016): Reseña [Visions du Réel]

La ciudad perdida Hervé 2

En un punto perdido en el extremo sur del continente americano existe una tierra que da inmortalidad y felicidad a quien la visite: la Ciudad de los Césares. Un lugar próspero y mítico que, como El Dorado o Paititi, tuvo su origen durante las expediciones de conquista en América del Sur y obtuvo su estatus de leyenda en virtud de la repetición y la obsesión de expedicionarios por encontrarla.

En “La ciudad perdida”, estrenada en el festival Visions du Réel en Suiza, el documentalista chileno Francisco Hervé baja a la Patagonia chilena para seguir a dos personajes—un extranjero que se asentó en la región desde hace años y un empresario. Pero no sólo la cámara sigue a los dos hombres. Escuchamos todo el tiempo una voz en off, interpretada por el actor Jaime Vadell (El Club), la voz de un guía (¿un fantasma?) que les habla directamente a los hombres desde sus mentes, la voz de alguien que salió de la Ciudad de los Césares y que ve en ellos una oportunidad para volver.

El documental se convierte entonces en un experimento que desdibuja la línea entre la ficción y la no-ficción, una exploración del medio en la que parecemos escuchar una voz en la mente de los personajes que los impulsa a buscar la ciudad perdida, aunque nunca podemos estar seguros de a dónde se dirigen realmente.

Aunque siempre es bienvenida la exploración en un género con tantas posibilidades narrativas y estéticas como el documental, no todas las exploraciones son aciertos, y al finalizar “La ciudad perdida” queda la sensación de que esta experimentación no ayudó a decir mucho acerca de los múltiples temas en los que se pudo haber indagado, pero que quedan sugeridos o superficialmente tratados.

Primero, el tema de los relatos, de cómo se pasan de generación en generación, cómo se transforman y se re-interpretan al variar las condiciones sociales en las que son contados. El cineasta juega con la concepción de la Ciudad de los Césares como un sitio real y como un sitio imaginado, e incluso como un estado alterado conciencia, cuando alguien menciona una pócima como la puerta de entrada al lugar.

La ciudad perdida Hervé

El tema de la intervención del documentalista en su historia también es tangencialmente tratado. Por momentos queda la duda de si la voz en off es un personaje creado o si pretende ser la voz del mismo Hervé. En “Les glaneurs et la glaneuse” (Los espigadores y la espigadora), Agnès Varda se identifica con los recolectores que filma y se ve a sí misma como una recolectora de las historias, ideas y emociones de sus personajes para realizar su película. Cuando la voz en “La ciudad perdida” insiste con frustración en que sus personajes lo lleven a la ciudad perdida, quizás algunos escuchen la voz de Hervé, reconociendo cómo su posición como director implica “usar”, de cierta manera, como Varda, a estas personas para encontrar su “Ciudad Perdida”.

Finalmente, el tema del neocolonialismo económico, el ángulo más político de la historia. En una escena donde se escucha un fragmento radial, se esclarece la relevancia del mito de la Ciudad de los Césares en la actualidad. Si antes venían expediciones de colonos españoles a buscar y saquear una elusiva ciudad de oro, hoy esa ciudad es real, es la Patagonia chilena, y el oro no es oro sino agua. Llegan de nuevo los españoles, pero ahora disfrazados de empresa de energía chilena (Endesa, cuyos propietarios están en España). Y llegan para construir 5 represas que modificarían por completo la cara de la Patagonia. Las tensiones entre el desarrollo y la conservación del medio ambiente, entre el progreso y la tradición, ya habían preocupado antes a Hervé cuando en “El poder de la palabra” seguía a un grupo de vendedores ambulantes que buscaban su lugar tras la implementación del sistema de transporte masivo Transantiago en la capital chilena.

El hecho de que estos temas, cada uno complejo y rico en posibilidades de análisis y exploración, estén presentes en “La ciudad perdida”, no implica que el documental sea en sí temáticamente rico. Cualquier realidad social lo es. La mirada del documentalista es la que se encarga de explorar esta complejidad y dar su visión sobre la realidad.

En este sentido, “La ciudad perdida” se queda corta. Al final, ni hay una clara interpolación del cineasta en la historia, ni hay una revelación sobre los dos personajes que seguimos, ni hay mucho contenido acerca de la situación política y económica. En cambio, el documental cae en trampas como enunciar frases vacías como verdades (“todo tiene un sentido”, “la materia tiene emociones”, “los lugares te dicen cosas”) que, en vez de encontrar su justificación en el relato, remiten a una filosofía new age vacua.

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